20 octubre 2008

Lujuria

Con esos ojos que apuñalan mi alma. Dos gigantescos zafiros -¿o eran esmeraldas? ¿Quizá ámbar?- perdidos entre brumas grises y sendas brillantes perlas de ónice se clavan en mí, desafiantes, retadores. Libres.
El contorno de su boca se mueve pronunciando palabras que no puedo escuchar. Nada de cuanto pueda decir importa, sea arrebatadoramente hermoso, sea tan maléfico que me conduzca a la ruina. Sólo trasciende un movimiento que logra arrancar de lo más profundo de mi ser la orden de morderlos, de atraparlos entre mis dientes con ansia asesina, con un fervor desquiciado y una delicadeza que no merece.
Un sordo gruñido se abre paso por mi garganta, desgarrada por todo cuanto quiero gritar y no consigo. En su lugar, el silencio que llena el vacío que aún se interpone entre los dos. Su piel arde de deseo, la mía busca quién la acalore y la libere de su prisión de hielo.
Se acerca. Un paso tras otro más cerca de mí y yo tiemblo. De qué, me gustaría saberlo. De temor, de rabia, de impaciencia. Todas y ninguna al mismo tiempo. Ella gime, tan quedamente como el susurro del viento de la primavera. Apenas resuena en mis oídos y, sin embargo, como el más poderoso de los sortilegios, mi cuerpo reacciona y mi mente se enciende como una brasa entre mil fuegos. Aquí, ahora. Por siempre y para siempre. Te haré mía aunque sea lo último que haga.

Aquella loba surca mi espalda con sus garras. Trago saliva, pero no es momento para lamentos. La hora del jadeo llegó. El momento en que los impulsos que me ciegan tomen el control. Respondo agarrándola sin compasión. Ella grita. Pero no es dolor lo que leo en sus ojos. Qué ojos. El brillo cargado de vicio que emana de ellos me posee, me envuelve, me encadena a ella. Atado al insoportable erotismo que percibo entre sus labios ligeramente abiertos, invitándome a realizar cualquier perversión que se me antoje. Poseído por el deseo, le arranco una camisa que apenas cubre mi invitación al pecado. Y a pecar vengo dispuesto.

Aquella hechicera me envenena la sangre. Se agolpa, me hincha, me recarga. Mis fuerzas se multiplican, mi poder se dispara. Mi lujuria se desboca y no conoce límites.
Ella gruñe, muerde, ataca buscando verme desprevenido. Necesito de casi todo para apartarla y, antes de que ella pueda protestar, la silencio abalanzándome sobre sus labios.
Respiro un olor dulce de deseo, un perfume de perdición y tentaciones. Es ella quien lo desprende, y hacia su fuente me encamino sin prisa, disfrutando con deleite del viaje y sus paisajes. Ella abraza mi lento caminar con alevosas ganas, insolentemente paciente. No tendré piedad, aunque ya lo sabe. No la quiere. No busca redimirse. No desea expiarse. No pretende miramientos. Nada de eso tendrá. Juré ante aquellos luceros que jamás concedería cuartel. Mi vida y mi honra le darán merecido cumplimiento.

Aquella guerrera monta un corcel encabritado y desbocado. Una montura indómita, salvaje y fiera. Una bestia que no puede manejar. Le aguijonea, le muerde, busca someterle sabiendo que es ella la sometida. Grita, jadea, solloza de puro éxtasis cuando la jinete metamorfosea en cabalgadura. Pero no es su amo quien, agarrado a sus crines, la lleva por sendas jamás sondadas. No, él jamás será su dueño. Pero durante el lapso en el que son uno y son dos, sueña que lo es. Aúlla su rendición, aunque no suplica clemencia. Nunca. Antes se dejaría desollar. Exige un castigo más fuerte, una condena más larga y duradera, un viaje todavía más intenso. Saborea el sudor que todas las pieles expulsan con tanto ímpetu que se condensa en un vapor salado cargado de lujuria. Sucia, furcia, pervertida. Placer, placer, placer.

Peleamos. Ella ataca, yo ataco. Yo me ensaño, ella se regodea. Ella araña, yo azoto. Yo gimo, ella jadea. Ella susurra, grita, ordena... yo obedezco. Yo impongo, ella complace. Peleamos.

La batalla termina cuando no queda ya nada que entregar. Cuando, rebuscando en lo más hondo, nada hay que pueda ser tomado. Desfondados, abatidos, agotados, somos dos estatuas esculpidas en carne unidas en una única obra. Un par de almas en pena que se fusionaron y volaron pero que deben ahora disolverse. Porque ni tú eres mi señora ni tú me perteneces. Así por cierto será, todas las veces que volvamos a cruzar miradas.
Con esos ojos que apuñalan mi alma.

2 comentarios:

  1. Gracias...

    Echaba de menos tu parte gamberra, vacilona, pasional...Esa capacidad tuya de encender la imaginación solamente con palabras, de transformar un día que se avecinaba duro, en un día duro con espacio para las sonrisas y la fantasía.

    Sé que merecería mejor comentario, pero ya sabes como soy...me ha abandonado la inspiración.

    Caprichosa...Ari...

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  2. Anónimo4:40 p. m.

    gbg:
    " Tanta pasión y tanta melodía tenias en tus venas apresada, que una pasion a otra pasion sumada ya en tu breve cuerpo no cabía! "
    (Manuel Rivas:El Lápiz del carpintero)

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